(El coronel de Ingenieros (R) don Carlos Zamorano, ha colaborado en la redacción de este artículo con la transcripción de los documentos originales de Crame.)
Cuando los españoles llegaron a Tierra Firme a principios del siglo XVI e iniciaron la colonización de aquel extenso territorio, descubrieron la existencia de unas salinas en el extremo de una estrecha península que surge de Tierra Firme creando un golfo por encima de lo que con el tiempo sería la ciudad de Cumaná, siendo la distancia entre la península y la ciudad de tan solo una legua (unos 4,5 km). En la punta occidental de la península de Araya, los españoles descubrieron dos salinas, una costera, muy accesible desde el mar, y otra interior, separada del mar por una estrecha barrera de tierra. En esta última los bloques de sal se cortaban como "los sillares en las canteras", de forma que dos días después de cortadas las cavidades producidas por el corte se encontraban de nuevo rellenas de sal coagulada, formando el conjunto una salina "tan abundante que se ha creido inagotable". En un principio, los españoles no les dieron mucha importancia a las salinas, pues estaban ocupados en la explotación de las islas perlíferas de Margarita y Cubagua y en su asentamiento en la provincia de Cumaná.
En los siglos XV, XVI y XVII, los holandeses necesitaban la sal para la conservación de sus salazones de pescados, especialmente arenques, que eran una parte muy importante de su economía, y durante muchos años habían comprado la sal a los españoles. Pero desde que estalló la revuelta de las Provincias Unidas en Flandes contra el rey Felipe II a mediados del siglo XVI, éste les cortó el comercio de la sal; y desde que el reino de Portugal se unió al de España en la persona de Felipe II, las salinas de Setúbal y Cabo Verde se unieron a la prohibición. Fue entonces cuando los holandeses fijaron su atención en las abandonadas salinas de Araya.
En 1599 una flota holandesa se dirigió hasta la península de Araya para tratar de asentarse en el lugar y comenzar la extracción de sal. Los holandeses llegaron al rio Borbones, cerca de las costas de Cumaná y desde allí, bien abastecidos de agua, comenzaron sus actividades en la península de Araya, con la inicial tolerancia de los españoles de la vecina Cumaná. Pero en 1605 el capitán general de la Armada, don Luis de Fajardo, recibió la orden expulsar a los holandeses de Araya. La flota española zarpó de Lisboa en septiembre; al llegar a Tierra Firme, Luis Fajardo sorprendió 19 naves holandesas en la península de Araya, que capturó tras un breve combate. Fajardo quemó las naves, ”degolló la gente, y a uno que se intitulaba Príncipe de las Salinas y se llamaba Daniel, le ahorcó en la eminencia de la Montañuela, que oy llaman los del País, el Cerro de Daniel, en memoria de que allí pagó la temeridad de su loco atrevimiento”. Todas las instalaciones que los holandeses tenían en tierra fueron destruidas.
Tras repeler a los holandeses en 1605, se ordenó la fortificación del lugar, por lo que inmediatamente el ingeniero Bautista Antonelli fue enviado a Cumaná para iniciar los planos y los trabajos de la traza para la construcción de un fuerte defensivo en Araya, en cuyo proyecto estuvo trabajando durante cinco años antes de regresar a la península; a su regreso se pararon las obras de construcción del fuerte, que cayó en un deterioro progresivo. En abril de 1607 se firmó en Amberes la Tregua de los Doce Años, gracias a la cual holandeses y españoles reanudaron su comercio de sal, por lo que la península de Araya perdió su importancia. Pero finalizada la tregua y reanudadas las hostilidades en 1619, las salinas volvieron a ser necesarias para los holandeses.
En 1621 los holandeses se habían adueñado de varios territorios americanos en Aruba, Bonaire y Curasao. Alentados por el éxito, ese mismo año realizaron un intento de desembarco en el rio Bordones, que fue abortado por el gobernador de Cumaná, don Diego de Arroyo y Daza. Informado del incidente, el rey Felipe IV ordenó la construcción de un fuerte en Araya para la defensa de las salinas. De esta forma, al año siguienete soldados, artillería y demás pertrechos fueron embarcados en la flota de Nueva España; zarparon de Cádiz el 17 de julio de 1622 y llegaron a Cumaná el 18 de agosto. El gobernador Diego de Arroyo no perdió el tiempo: al día siguiente de la llegada de las tropas, reunió gente de Cumaná y de la isla Margarita y, junto con el gobernador de esta isla, se dirigieron todos a fortificar la península de Araya. Dieron tanta prisa a los trabajos que el 30 de agosto la artillería estaba montada y emplazada. El mes de noviembre los soldados de Infantería se dedicaron, con ayuda de algunos negros que avian traydo de Cumaná, a completar la fortificación del recinto con cestones. De esta forma dió comienzo la obra de la Real Fortaleza de Santiago de Arroyo de Araya, bautizada así por el gobernador Arroyo.
La actuación de las autorizades españolas en la península y la del gobernador Arroyo fue muy oportuna, pues pocos días despues, en noviembre de 1622, comenzó un gran ataque holandés contra Araya. El 25 de noviembre se avistaron dos barcos enemigos desde Araya; el 26 quisieron meterse en el puerto, pero fueron alejados por la artillería del fuerte. El 27 de noviembre, lunes, fueron llegando frente a Araya el resto de barcos holandeses, hasta un total de unos cuarenta barcos. Al amanecer del día siguiente, martes 28 de noviembre, los holandeses se acercaron a tiro de cañón y comenzaron disparar contra el fuerte. La artillería española respondió contra los barcos enemigos. Durante todo el día se estableció un duelo artillero tan afortunado para los españoles que apenas sufrieron daños; durante la noche se repararon los desperfectos ocasionados por el fuego enemigo, y al día siguiente, miercoles 29 de noviembre, se reanudó el cañoneo holandés con mayor pujanza que el dia pasado. Durante el día, mientras los cañones enemigos disparaban contra el fuerte, la infantería española preparó una entrada cubierta para la defensa del fuerte; y por la noche, acallada ya la artillería enemiga, el gobernador Arroyo ordenó excavar un trincherón por la parte de tierra que él entendía usaría el enemigo para asaltar el fuerte.
El jueves 1 de diciembre era el día de San Andrés, y a él se encomendó el gobernador Arroyo, pues supo que los holandeses habían desembarcado un cuerpo de unos seiscientos hombres para asaltar el fuerte. El gobernador fue requiriendo los puestos, animando a los soldados, poniendoles por delante el servicio de Dios, y de su Rey, y que pelearan como Españoles: quedaron contentos, y prometieron de morir en defensa de su fuerte, y al lado de su Governador: pusose en un cuerno del trincheron, y su teniente en otro, la mosquetería repartida en sus puestos, aguardaban con gran valor al reyr del dia. Al llegar los holandeses, intimaron la rendición de los españoles, y éstos contestaron con una descarga de fusilería que detuvo su avance. Los holandeses se rehicieron y trataron de hacer un segundo asalto, pero el fuego de los mosquetes y arcabuces españoles fue tal que los holandeses huyeron abandonando el campo y una gran cantidad de muertos, entre los que se encontraban el general que los mandaba y el oficial que portaba su estandarte. Dieciseis españoles saltaron de la trinchera en su persecución hasta los lanchones que esperaban en el mar, causandoles más muertos a los holandeses y capturando a uno que fue quien reconoció a su general muerto.
El gobernador Arroyo aprovechó el momento para disparar sus piezas de artillería contra las naves capitana y almirante de los holandeses, que eran las que más cerca estaban del fuerte, ocasionándoles desperfectos y logrando echar tres naves a pique. El resto de los barcos holandeses se retiró mar adentro disparando sus cañones contra el fuerte. A mediodía le llegaron al gobernador Arroyo ciento cincuenta infantes y cien indios flecheros enviados por el gobernador de la isla Margarita para reforzar la guarnición del fuerte. Los días 3 y 7 de diciembre los holandeses volvieron a intimar la rendición del fuerte y la extracción de sal, pero el gobernador Arroyo se negó. A pesar de ello, los holandeses no atacaron. Se mantuvieron en aquellas aguas varios días, desembarcardo ocasionalmente y retirándose poco después a sus barcos. El 20 de diciembre la flota holandesa se hizo a la vela y abandonó aquellas aguas definitivamente.
DOCUMENTO: Relación de las victorias que Don Diego de Arroyo y Daza, Gobernador y Capitán general de la provincia de Cumana, tuvo en la gran Salina de Arraya, a 30 de Noviembre del passado de 622, ya treze de Enero de este año, contra ciento y quatro navios de Olandeses.
Después del ataque holandés de 1622 la corona española quizo finalizar las obras del castillo de Santogo de Araya y envió ingenieros para ello. En 1636 el ingeniero Bartolomé de Prenelete realizó un plano del castillo de Araya, que conservamos. 1734 los ingenieros Juan Amador Courten y Pablo Díaz Fajardo, que estaban destinados en Ultramar realizando trabajos de fortificación en las provincias de Venezuela y Nueva Andalucía, hicieron algunas obras de mejora y reforma del castillo. Courtén, por su parte, hizo un mapa general de la entrada al golfo de Cumaná, mientras que Díaz Fajardo hizo uno del castillo de Araya.
El castillo tenía una planta rectangular irregular con cuatro baluartes: San Gaspar, en la esquina nororiental, mirando al interior de la península; San Felipe, en la esquina sudoriental, pegado a la costa; Santa Inés, en la esquina noroccidental, mirando al mar; y Santa Cruz, en la esquina sudoriental, mirando al mar. Contaba con diez recintos para alojamiento de tropa y materiales, alojamiento para el castellano, almacenes para pólvora, municiones y víveres, cocina y algibe, cuerpo de guardia y capilla; un foso rodeaba la parte de tierra del castillo.
En 1725 un huracán hizo desaparecer parte de la barrera que protegía la salina y el mar entró en ella inutilizándola. El 6 de enero de 1762 el gobernador de Cumaná decidió volar parcialmente el castillo como medida preventiva ante la inminente guerra con Inglaterra, por considerar que el anegamiento de la vecina salina grande de Araya había eliminado la principal misión del castillo, que además no servía para la defensa de Cumaná en caso de guerra. Por tanto, cuando llegó en visita de inspección en 1777, el brigadier Crame encontró derruido el baluarte de Santa Cruz, partes de San Gaspar y San Felipe y de la cortina que unía Santa Inés con Santa Cruz.
Uno de sus ayudantes, el ingeniero Francisco Hurtado Pino, fue quien se encargó de hacer el informe sobre el castillo y las salinas cercanas. En el informe de Hurtado, fechado en noviembre de 1777, apenas se habla del castillo, remitiendo "lo existente y lo arruinado" al mapa que acompañaba al informe, dando a entender que las obras de reparación son las que ofrece la contemplación de mapa, citando implícitamente que no es trabajo costoso, pues los costados laterales "no ofrecen reparo digno de consideración relativo al arte Militar". A continuación Hurtado se centra en las salinas, a las que dedica el resto del informe.
DOCUMENTO: Proyecto para la reparación de las salinas y castillo de Araya, de noviembre de 1777.
Hurtado menciona que en un temporal ocurrido en 1725 abrió una brecha en la costa inmediata al castillo e inundó la Salina Grande dejándola inutilizada, por lo que en su informe propuso cerrar de nuevo la brecha mediante la construcción de dos cercas que taponasen el hueco: la del interior formada por dos hiladas de estacas rellenas de escollera; la del exterior formada por cuatro hiladas de estacas rellenas de escolella y hormigón de caliza, cubriéndolas por encima con una fina torta embutida con galápagos o piedrecitas. Hurtado calificó su propuesta como la más económica y duradera, descartando la construcción de un muro por excesivo caso y expuesto "a padecer quebrantos". Calculó que sería necesario un presupuesto de 120.000 reales para jornales, cal y gastos imprevistos, y 10.600 estacas cuyo coste no incluye por desconocer su precio.
A continuación, y para finalizar, mostramos una imagen aérea del estado actual del castillo de Ayaya tomada de Internet. El 31 de octubre de 1960, el gobierno de Venezuela declaró el castillo como monumento nacional.
Archivo General Militar de Madrid (AGMM). Caja 6920, signatura 5-3-10-11, proyecto para reparación de las salinas y castillo de Aaraya.
González Dávila, Gil. Historia del reinado de Felipe III. Manuscrito del siglo XVII conservado en la Biblioteca Nacional de España.
Relación de las victorias que Don Diego de Arroyo y Daza, Gobernador y Capitán general de la provincia de Cumana, tuvo en la gran Salina de Arraya, a 30 de Noviembre del passado de 622, ya treze de Enero de este año, contra ciento y quatro navios de Olandeses. Madrid, 1623. Biblioteca Nacional de España.